Un caballo valiente

En la villa de Bernardos,
D. Mariano Sanz Cubero
fue a la feria de San Juan
y trajo un caballo entero.

Gordo como un reuma,
con buena crin y buen pelo.

Ha llegado a casa
y le ha echado un buen pienso:
mondarajas de patatas
como puñado y medio.

Al ver el pobre animal
el comportamiento del dueño,
ha llamado al de Chinarros
y le ha dicho en estos términos:

‘Compañero de mi vida,
se nos va acabando el sebo.

Cavemos un hoyo en tierra
y dentro de él nos echemos.
Hagamos el moribundo
y que nos coman los perros.

La burra de Serafín
vendrá al acompañamiento,
y, también, la del tío Antolín
que es del mismo regimiento’.

Luis Arranz Boal

Antigua cantinela popular de Bernardos dedicada a mi bisabuelo y a otros colegas suyos por ser unos tacaños y no ‘cumplir’ con lo políticamente correcto. ¡Nada menos que hacer pasar hambre a un caballo en aquella época! Era más importante entonces el caballo que ahora el camión o el coche, pues de su fuerza dependía la tarea del campo. (Algunos mayores de Bernardos quizás lo recuerden).

La fiesta de la Matanza

Pasado el día de la tanganilla (20 de enero), sería bueno recordar que estamos en la época de la matanza, una tradición castellana en vías de extinción. Hasta los tiempos modernos, la matanza del cerdo era la forma de asegurarse una buena cantidad de comida para todo el año y disponible en cualquier momento. Con la faena de los cerdos se procedía a la salazón del tocino, hacer morcillas, chorizos, jamones, y todo lo inimaginable que se puede obtener.

‘Tres días hay en el año
que se llena bien la panza:
Nochebuena, Nochevieja
y el día de la matanza’

Pero la matanza no era solamente una labor. Era un hecho social propio de las zonas rurales, importante vinculo entre el medio y la gente. La matanza era una fiesta en el sentido más lato de la palabra: concurrían parientes, amigos y vecinos para ayudar, conversar, chismear, cortejar, comer, tomar… un día de excesos y de jolgorio, un alto a las duras tareas de la campiña. Hasta se olvidaban viejos rencores y disputas, conciliando amistades perdidas, reforzando otras, solidarizándose y ayudándose mutuamente.

Como resultado de la mezcla entre la matanza y el folclore popular de la zona, podemos encontrar la ‘Jota Chacinera’, que el Nuevo Mester de Juglaría edita en el disco ‘A ti, querido cochino’ (año 2001)

JOTA CHACINERA

Viva Segovia que tiene
la fruta mejor curada:
embutidos y chacinas
del huerto de la matanza.

Segovia, viva Segovia
y que viva Cantimpalos,
el pueblo de los chorizos
alegres y apicantados.

Segovia, viva Segovia
y Carbonero el Mayor,
el pueblo de los jamones,
la virgen que buenos son.

Segovia, viva Segovia
y viva también Bernardos,
el pueblo de las morcillas,
aprieta y que salga el caldo.

Y allá va la despedida,
la que echan los chacineros,
que no nos falte la carne
de cochino entre los dedos.

Y allá va la despedida,
cada cual tenga lo suyo,
’pa’ chorizos y jamones
los de la Venta Magullo.

Chorizos y jamones de la matanza

La Iglesia de San Pedro

Poco se conoce sobre los primeros momentos de la historia del lugar. Debe ser una fundación de la Reconquista como parecen atestiguar las ermitas románicas, muy deterioradas, que hay por los alrededores. A partir del siglo XVI los datos son ya muy precisos. En 1507 el pueblo le fue donado a la familia Coronel, descendientes de la familia judía de los Señero. La familia Coronel tuvo grandes posesiones en el pueblo.

La iglesia está situada en la cima de un altozano que domina la población, posición estratégica a la que se accede por una gran escalinata que realza la significación del edificio.

La fábrica está realizada en mampostería con la piedra dura de las canteras locales. El cuerpo de la iglesia se compone de una sola nave de tres tramos altos, de estilo gótico. La cabecera y el crucero, con cúpula sobre linterna, son de época barroca. La torre, a los pies de la iglesia, es una construcción reciente que sustituyó a otra que amenazaba ruina y fue derribada.

Retablo mayor

En los libros de fábrica aparecen varias partidas desde 1694 hasta 1698 destinadas a pagar el retablo mayor. Los maestros ensambladores Martín de Mendizábal y Andrés Alonso realizaron conjuntamente esta obra. El retablo debió asentarse entre 1695 y 1696. Según las cuentas parroquiales el retablo costó alrededor de 14.000 reales. Además de la cantidad en metálico, se entregaron a los maestros 115 fanegas de trigo de Segovia.

Muy caro les debió de parecer a los vecinos y a la iglesia la obra de estos maestros o no estarían conformes con el trabajo realizado o algún problema surgiría porque, en los años siguientes, para algunas piezas que se quisieron hacer para mayor adorno del retablo, se contrató a otros maestros. En 1702 el maestro ensamblador Bernardo Ballejo hizo el pabellón que adorno la hornacina de San Pedro y “otras alhajas” para el retablo. Se le pagaron 202 reales. En 1703 se le pagan otros 40 reales por tres días que estuvo componiendo hendiduras que había en el retablo y en las columnas y que causaban dificultades a los doradores.

El banco se adorna con dos tableros con motivos vegetales que se añadieron en 1703. El autor de la talla fue Joseph Vallexo, maestro de escultura que cobró por ese trabajo 130 reales.

El retablo llena todo el ancho y alto de la capilla mayor. Presenta planta de tipo lineal, adaptándose al testero del templo y está formado por banco, cuerpo principal con tres calles y ático rematado en semicírculo.

En el banco cuatro ménsulas sirven de sostén a las columnas del piso superior y a la vez enmarcan dos tableros tallados y un sencillo sagrario central (nuevo). El cuerpo principal es de tipo tetrástilo con columnas salomónicas de capiteles compuesto que contribuyen a crear los tres espacios o calles. La calle central más ancha que las laterales, está ocupada por un monumental tabernáculo, exaltación eucarística muy propia de la época. El tabernáculo tiene un amplio expositor determinado por columnas salomónicas iguales a las de mayor tamaño del retablo, está concebido como un gran temple: encima hay un segundo cuerpo cubierto por una cúpula adornada en la parte superior por un jarrón. Tiene semejanzas éste tabernáculo con el que hizo José Vallejo Vivanco en 1678 para el retablo mayor de la iglesia del seminario de Segovia, antes Compañía de Jesús, y es muy parecido al que Martín de Mendizábal había hecho conjuntamente con Juan de Ferreras anteriormente, en 1687, para la iglesia de Miguel Ibañez. Las calles laterales están adornadas con dos lienzos alargados. En el entablamento, sobre las pinturas laterales y la hornacina central, hay motivos de hojarasca de abultada talla. El ático se cierra en semicírculo con hornacina en el centro entre estípides adornadas con colgantes y formas avolutadas en los extremos.

Las pinturas alargadas que decoran las calles laterales representan: a la izquierda Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden de predicadores. Viste el hábito de la orden: túnica y muceta blancos, manto con capuchón negro. En la mano derecha tiene el emblema de la orden, una cruz florenzada, y en la mano izquierda un rosario, ya que él instituyó la devoción del rosario. A sus pies está uno de sus atributos: un perro con una antorcha encendida en la boca. En el lienzo de la derecha está representado Santo Tomás de Aquino. Viste el hábito negro y blanco de los dominicos. Se le representa bastante joven y con ancha tonsura monacal. Un biógrafo contemporáneo nos lo describe robusto y grueso, de pelo rubio y temperamento apacible. El santo está delante de un crucifijo, una de las escenas más representadas. Sobre los lienzos de Santa Domingo y Santo Tomás hay dos pequeñas pinturas rectangulares con temas alegóricos.

El apóstol San Pedro, titular de la parroquia, se sitúa en la decorativa hornacina del ático. La imagen de San Pedro aparece sentada en la cátedra, en actitud de bendecir. Su expresión es majestuosa y digna. La escultura está estofada y las telas de pliegues quebrados nos muestran su ascendencia barroca.

En el expositor se colocó el 26 de noviembre de 1728 una pequeña imagen vestida de la patrona de Bernardos: Nuestra Señora del Castillo. En esa fecha se descubrió de donde estaba oculta, el Cerro del Castillo, lugar en el que hubo un castillo y donde existía una ermita con el título de El Salvador. Como la imagen está vestida, hemos buscado descripciones de la talla y hemos encontrados dos que, curiosamente, apenas coinciden.

Retablo de la Iglesia de San Pedro (Bernardos)A la excelente labor de talla, se suma la aplicación del dorado del retablo que se realizó en 1703, por la cantidad de 19.000 reales. Los doradores fueron Joseph Vermexo y Felipe de Diego. Ambos permanecieron en casa del mayordomo mientras duró la obra. El maestro de dorar y estofar Diego Herranz Delgado, certificó que el retablo estaba dorado con toda perfección y que el oro era bueno, fino y sin mezclas.

En 1761 el tallista Juan del Castillo, reformó las custodia y el trono.

Retablos colaterales: Nuestra Señora del Rosario y de Cristo Crucificado

En 1709 se vendieron los dos colaterales que tenía la iglesia a la parroquial de Navas de Oro, barrio de Cuellar por 800 reales. La intención era hacer otros nuevos y mejores.

Los nuevos retablos colaterales se ajustaron con Manuel Carretero en 6.640 reales. Esta pareja de retablos exactamente iguales, se traen de Segovia en siete carros y se colocan en el año 1710. Andrés Pinilla compuso las mesas de altar de los colaterales para situar los pedestales de los retablos. Los retablos constan de banco, un cuerpo y ático. En el banco, dos ménsulas grandes que corresponden a los dos estípides del cuerpo principal, contribuyen al adorno formado por ornamentos foliales de líneas onduladas que rodean un sagrario con puerta muy sencilla. El centro de los retablos está formado por sendas hornacinas trilobuladas que se apoyan en dos estípides y dos columnas salomónicas que se sitúan en los extremos. Los espacios situados entre los estípides y las columnas están remetidos para conseguir mayor efecto de luz y sombra con el movimiento de planos. Se rematan estos retablos con un liezo entre pillastras adornadas con colgantes, sobre dos volutas se sitúan dos angelotes y una rica ornamentación vegetal con hojas, frutas y cabezas de serafines en la parte superior dan presencia a los retablos.

En el retablo de la derecha hay una imagen sin valor de Nuestra Señora del Rosario y en el de la izquierda un Cristo Crucificado de hacia 1600. Las pinturas situadas en el ático de los retablos representan a San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola. Las pi
nturas costaron 166 reales. Ignoramos el autor de las mismas, seguramente algún pintor segoviano al que se las contrataría el propio Manuel Carretero.

El dorado de los retablos se ajustó en 6.600 reales (600 ducados) con el maestro dorador Joseph Vermejo. El dorado se efectuó entre 1724 y 1726.

Bibliografía:

Tradiciones vivas

La Nochebuena se celebra la noche del día 24 de diciembre, víspera del día de Navidad. Es la celebración cristiana del nacimiento de Jesús y las costumbres varían de unos lugares a otros pero es bastante común una reunión familiar para cenar y, sobre todo en los países protestantes, el hacer regalos.

Una de las tradiciones que se mantienen vivas en Bernardos y otros pueblos limítrofes es hacer una luminaria ese día. La costumbre de reunir troncos de madera y encender con ellos hogueras tiene la intención de acabar con todos los infortunios y problemas antes del nuevo año.

Algunas cosas han cambiado, pero la tradición persiste. Antes, los jóvenes del pueblo iban casa por casa pidiendo leña con la que hacer esta hoguera, se quitaban las retamas de los vallados e incluso se bajaba a Miguelañez a robar la leña que en el pueblo de al lado habían conseguido. También había que tener cuidado para que ningún ‘gracioso’ prendiera el fuego antes de lo estipulado, y el que lo intentaba normalmente salía malparado. Al finalizar el fuego, la gente esperaba paciente con sus braseros para coger las ascuas y tener asegurado el calor en el salón de la casa, bajo la mesa principal. Este mismo día, también era tradicional asistir a la Misa del Gallo, que tenía lugar a las 24:00 horas.

Desde hace unos años no se celebra la Misa del Gallo, pero sí persiste la chisquereta. Los jóvenes, en vez de pedir la leña, bajan esa misma tarde a por ella al pinar, con remolques e incluso un camión (a lo que hay que añadir lo que la gente lleva voluntariamente: ramas de la poda, trastos viejos, etc.). El lugar también ha cambiado: de la antigua fábrica de mantas se ha pasado a la explanada donde en fiestas se ubica la plaza de toros. Mientras la leña se va quemando, los asistentes amenizan la estancia cantando villancicos, bailando y brindando con alguna bebida: sidra, cava, etc. Posteriormente ya nadie coge las brasas y el fuego se apaga poco a poco entre el frío de la noche. Algún osado que ha estado toda la noche en vela es el que mejor provecho saca de ellas, asando unas chuletillas o patatas que a esas horas saben a gloria.

Hoguera de nochebuena