La Iglesia de San Pedro

Poco se conoce sobre los primeros momentos de la historia del lugar. Debe ser una fundación de la Reconquista como parecen atestiguar las ermitas románicas, muy deterioradas, que hay por los alrededores. A partir del siglo XVI los datos son ya muy precisos. En 1507 el pueblo le fue donado a la familia Coronel, descendientes de la familia judía de los Señero. La familia Coronel tuvo grandes posesiones en el pueblo.

La iglesia está situada en la cima de un altozano que domina la población, posición estratégica a la que se accede por una gran escalinata que realza la significación del edificio.

La fábrica está realizada en mampostería con la piedra dura de las canteras locales. El cuerpo de la iglesia se compone de una sola nave de tres tramos altos, de estilo gótico. La cabecera y el crucero, con cúpula sobre linterna, son de época barroca. La torre, a los pies de la iglesia, es una construcción reciente que sustituyó a otra que amenazaba ruina y fue derribada.

Retablo mayor

En los libros de fábrica aparecen varias partidas desde 1694 hasta 1698 destinadas a pagar el retablo mayor. Los maestros ensambladores Martín de Mendizábal y Andrés Alonso realizaron conjuntamente esta obra. El retablo debió asentarse entre 1695 y 1696. Según las cuentas parroquiales el retablo costó alrededor de 14.000 reales. Además de la cantidad en metálico, se entregaron a los maestros 115 fanegas de trigo de Segovia.

Muy caro les debió de parecer a los vecinos y a la iglesia la obra de estos maestros o no estarían conformes con el trabajo realizado o algún problema surgiría porque, en los años siguientes, para algunas piezas que se quisieron hacer para mayor adorno del retablo, se contrató a otros maestros. En 1702 el maestro ensamblador Bernardo Ballejo hizo el pabellón que adorno la hornacina de San Pedro y “otras alhajas” para el retablo. Se le pagaron 202 reales. En 1703 se le pagan otros 40 reales por tres días que estuvo componiendo hendiduras que había en el retablo y en las columnas y que causaban dificultades a los doradores.

El banco se adorna con dos tableros con motivos vegetales que se añadieron en 1703. El autor de la talla fue Joseph Vallexo, maestro de escultura que cobró por ese trabajo 130 reales.

El retablo llena todo el ancho y alto de la capilla mayor. Presenta planta de tipo lineal, adaptándose al testero del templo y está formado por banco, cuerpo principal con tres calles y ático rematado en semicírculo.

En el banco cuatro ménsulas sirven de sostén a las columnas del piso superior y a la vez enmarcan dos tableros tallados y un sencillo sagrario central (nuevo). El cuerpo principal es de tipo tetrástilo con columnas salomónicas de capiteles compuesto que contribuyen a crear los tres espacios o calles. La calle central más ancha que las laterales, está ocupada por un monumental tabernáculo, exaltación eucarística muy propia de la época. El tabernáculo tiene un amplio expositor determinado por columnas salomónicas iguales a las de mayor tamaño del retablo, está concebido como un gran temple: encima hay un segundo cuerpo cubierto por una cúpula adornada en la parte superior por un jarrón. Tiene semejanzas éste tabernáculo con el que hizo José Vallejo Vivanco en 1678 para el retablo mayor de la iglesia del seminario de Segovia, antes Compañía de Jesús, y es muy parecido al que Martín de Mendizábal había hecho conjuntamente con Juan de Ferreras anteriormente, en 1687, para la iglesia de Miguel Ibañez. Las calles laterales están adornadas con dos lienzos alargados. En el entablamento, sobre las pinturas laterales y la hornacina central, hay motivos de hojarasca de abultada talla. El ático se cierra en semicírculo con hornacina en el centro entre estípides adornadas con colgantes y formas avolutadas en los extremos.

Las pinturas alargadas que decoran las calles laterales representan: a la izquierda Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden de predicadores. Viste el hábito de la orden: túnica y muceta blancos, manto con capuchón negro. En la mano derecha tiene el emblema de la orden, una cruz florenzada, y en la mano izquierda un rosario, ya que él instituyó la devoción del rosario. A sus pies está uno de sus atributos: un perro con una antorcha encendida en la boca. En el lienzo de la derecha está representado Santo Tomás de Aquino. Viste el hábito negro y blanco de los dominicos. Se le representa bastante joven y con ancha tonsura monacal. Un biógrafo contemporáneo nos lo describe robusto y grueso, de pelo rubio y temperamento apacible. El santo está delante de un crucifijo, una de las escenas más representadas. Sobre los lienzos de Santa Domingo y Santo Tomás hay dos pequeñas pinturas rectangulares con temas alegóricos.

El apóstol San Pedro, titular de la parroquia, se sitúa en la decorativa hornacina del ático. La imagen de San Pedro aparece sentada en la cátedra, en actitud de bendecir. Su expresión es majestuosa y digna. La escultura está estofada y las telas de pliegues quebrados nos muestran su ascendencia barroca.

En el expositor se colocó el 26 de noviembre de 1728 una pequeña imagen vestida de la patrona de Bernardos: Nuestra Señora del Castillo. En esa fecha se descubrió de donde estaba oculta, el Cerro del Castillo, lugar en el que hubo un castillo y donde existía una ermita con el título de El Salvador. Como la imagen está vestida, hemos buscado descripciones de la talla y hemos encontrados dos que, curiosamente, apenas coinciden.

Retablo de la Iglesia de San Pedro (Bernardos)A la excelente labor de talla, se suma la aplicación del dorado del retablo que se realizó en 1703, por la cantidad de 19.000 reales. Los doradores fueron Joseph Vermexo y Felipe de Diego. Ambos permanecieron en casa del mayordomo mientras duró la obra. El maestro de dorar y estofar Diego Herranz Delgado, certificó que el retablo estaba dorado con toda perfección y que el oro era bueno, fino y sin mezclas.

En 1761 el tallista Juan del Castillo, reformó las custodia y el trono.

Retablos colaterales: Nuestra Señora del Rosario y de Cristo Crucificado

En 1709 se vendieron los dos colaterales que tenía la iglesia a la parroquial de Navas de Oro, barrio de Cuellar por 800 reales. La intención era hacer otros nuevos y mejores.

Los nuevos retablos colaterales se ajustaron con Manuel Carretero en 6.640 reales. Esta pareja de retablos exactamente iguales, se traen de Segovia en siete carros y se colocan en el año 1710. Andrés Pinilla compuso las mesas de altar de los colaterales para situar los pedestales de los retablos. Los retablos constan de banco, un cuerpo y ático. En el banco, dos ménsulas grandes que corresponden a los dos estípides del cuerpo principal, contribuyen al adorno formado por ornamentos foliales de líneas onduladas que rodean un sagrario con puerta muy sencilla. El centro de los retablos está formado por sendas hornacinas trilobuladas que se apoyan en dos estípides y dos columnas salomónicas que se sitúan en los extremos. Los espacios situados entre los estípides y las columnas están remetidos para conseguir mayor efecto de luz y sombra con el movimiento de planos. Se rematan estos retablos con un liezo entre pillastras adornadas con colgantes, sobre dos volutas se sitúan dos angelotes y una rica ornamentación vegetal con hojas, frutas y cabezas de serafines en la parte superior dan presencia a los retablos.

En el retablo de la derecha hay una imagen sin valor de Nuestra Señora del Rosario y en el de la izquierda un Cristo Crucificado de hacia 1600. Las pinturas situadas en el ático de los retablos representan a San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola. Las pi
nturas costaron 166 reales. Ignoramos el autor de las mismas, seguramente algún pintor segoviano al que se las contrataría el propio Manuel Carretero.

El dorado de los retablos se ajustó en 6.600 reales (600 ducados) con el maestro dorador Joseph Vermejo. El dorado se efectuó entre 1724 y 1726.

Bibliografía:

Desmontando la farola

Hace más de un año empezaron las obras de mejora de la Plaza Mayor de Bernardos, y aunque no siempre han llevado el ritmo que a todos los vecinos nos hubiera gustado, en las últimas semanas los trabajos de remodelación han acelerado el ritmo dando un paso adelante.

Uno de los elementos más significativos de la plaza, por su antigüedad, ubicación y simbolismo era la farola, la cual ha sido cuidadosamente desmontada para su posterior reubicación. Tranquilos que la farola seguirá con nosotros. Aquí una breve secuencia gráfica del desmontaje:

Desmontando la farola

Las peñas de Bernardos

En Bernardos, y en las fiestas de verano,
se hacen Peñas, que son reuniones de amigos.
Nos juntamos por edades y pasamos
unos cuantos días buenos. Divertidos.

Disponemos de un local o casa vieja
que limpiamos y arreglamos con cariño
para que haga las funciones requeridas
hasta el ‘día de la abuela’ como mínimo.

Hay algunas que se forman con casados
y las más, que son de jóvenes o niños.
Todas van bien adornadas, guarnecidas
con bebidas y licor de todo tipo.

Nunca falta algún rincón en estas peñas
que procura al pensamiento un atractivo.
‘Picadero’, denominan el lugar.
Para más señas, le dan forma de nido.

Y, con cierto aire de trampa, allí se espera
a que ‘caiga’ una chica que se ha perdido.
Pocas veces se da el caso de que ocurra
pero siempre es bueno estar bien prevenidos.

La bodega es otro de los apartados
que requiere vigilancia y cometido,
pues allí se depositan las ‘esencias’
y los ‘caldos’ que luego han de ser bebidos.

Para ver si la bebida está en su punto
se hacen ‘catas’, ‘pruebas’, ‘tragos’ y ‘chupitos’.
Libaciones que hay que hacerlas con mesura.
Si te pasas, ese día vas ‘cocido’.

La tarea es importante y se requiere
que la lleven a cabo los ‘entendidos’.
Y, por último, el tercero en importancia,
el salón, que ha de ser guapo y divertido,

porque en él se experimentan por la noche
las caricias, los abrazos y besitos
que acompañan con la música adecuada
susurrando las parejas al oído.

Si te quedas un buen rato, cuando sales,
llevas tienda de campaña. Prometido.
Este oficio es peculiar y se requiere
mucha ‘labia’, simpatías y buen tipo.

Como veis, el sitio está bien preparado
para hacer que se consiga el objetivo,
albergándonos la gula y la lujuria
que estos días nos aturden el sentido.

A los dioses Baco y Venus nos juntamos
y con ellos recorremos el camino.
Cada día de las fiestas nos deparan
emociones en uno y otro sentido.

Y nos guían como buenos compañeros,
ayudándonos a evitar desvaríos
De las peñas a los toros y, de aquí,
a cualquiera de los bares o al Casino.

Y volvemos otra vez hacia las peñas
a buscar ‘eso’ que nos pide el instinto.
Atendemos al torero, a la taberna,
a la música, al cachete y al ombligo.

Aunque esto último nos pide discreción,
pues contárselo a otra gente está mal visto.
Cada día nuestras peñas nos ofrecen
ilusión, compañerismo y atractivo.

En la víspera desfilan disfrazados
de payasos, de ‘vedettes’ o bandidos.
Y, en los toros, son el único elemento
que se anima en los asientos del tendido.

Si no fuera por las peñas y charangas,
el vermouth ya no tendría ni sentido.
Unos días te organizas el almuerzo
y, otros, te echas una siesta si es preciso.

Allí llevas a un amigo de invitado
y, si tarda mucho en irse, va bebido.
A partir de medianoche se relatan
las historias más tremendas que has oído.

Te las narra un trovador improvisado
cuando ya un poco de ‘caldo’ se ha metido.
Y, si el tema es la Política, seguro
que te arreglan el país ‘como es debido’.

Hay algunos que se quedan a dormir,
pero pocos los que lo hayan conseguido.
Entre voces, chistes malos y blasfemias
los ‘colegas’ el sueño te lo han jodido.

Ya no se hace limonada como antaño,
que trataban y elaboraban el vino.
Ahora tienes multitud de comestibles,
de refrescos, de licores y batidos.

Más que peñas, hay algunas que parecen
almacenes o tiendas de ultramarinos.
Sin embargo, y aunque tengan algún fallo,
preferimos resaltar lo positivo.

Porque, amigos de Bernardos, sin las peñas,
nuestras fiestas carecieran de sentido.
Y son ellas, junto a los toros y el baile,
las que dan a los festejos, poderío.

Es que el pueblo se merece esto y más cosas
que a la virgen del Castillo hemos pedido.
Por ejemplo, que no falte la alegría
y que reine la armonía entre vecinos.

Por todo ello ¡Viva el pueblo con sus peñas!
Y también ¡Viva la virgen del Castillo!
Como vírgenes hay pocas, la mimamos.
Porque santas hay bastantes. Más que obispos.
Y ella, a cambio, a nuestras peñas les permite
desmadrarse con la gula y la libido.

Luis Arranz Boal. Otoño del 2006

Cuándo y porqué se explotaron las pizarras de Bernardos

La decisión de construir los tejados de pizarra para las obras reales se toma en 1559, cuando se desecha el plomo que era el material elegido en primer término. Gaspar de Vega, por entonces el maestro responsable de las obras del Palacio de Valsaín, a pesar de ser en principio partidario del plomo como material de la cubierta, le cuenta al rey en una carta fechada en enero de 1559 los problemas de las planchas de plomo, que además de traerse de fuera de España llegaban gravemente dañadas.

Felipe II, que se encontraba en Flandes, añade en su respuesta otros inconvenientes del metal ‘el uno que cargaría mucho la casa; y el otro que el verano la haría muy calurosa, como se tiene por experiencia de lo de acá. Y hame parecido que será mejor hacer los tejados agros, a la manera de los de estos estados, y cubrirlos de pizarra, que como habéis visto son muy lucidos…‘. Además, en la misma carta expone la planificación de dichas tareas: ‘Y así he mandado que se busquen ocho oficiales diestros, dos para sacar la pizarra, y cuatro para cortarla, aderezarla y sentarla, y los otros dos para hacer los maderamientos de los tejados y armarlos; y todos partirán a tiempo que sean ahí a la primavera. Entre tanto hareis cortar y desvastar las maderas convenientes para los dichos tejados y tenerla a punto; y que con diligencia se busque la pizarra lo más cerca y a propósito de la casa que ser pudiere, porque llegando los oficiales no pierdan tiempo…‘. El propio rey se permite ya aconsejarle sobre la zona más cercana donde había visto dicho material, ‘no se hallando más cerca, en Sta. María de Nieva la ha de haber, que pasando yo por allí, vi hacer cierta obra de ella en la iglesia‘.

El monarca, enamorado de la arquitectura europea con tejados de pizarra, había decidido que en el resto de obras reales se utilizara también el material: ‘El tejado de las caballerizas de Madrid queremos que sea también de pizarra, y de la facción de los de acá‘.

Alcázar de Segovia Felipe II concertó el envío de los oficiales extranjeros que, procedentes de Flandes y el norte de Francia, llegaron a Valladolid a comienzos de julio. Para usar la pizarra en las distintas obras se trataba de buscar el material en los lugares más cercanos posibles, con el fin de no encarecer demasiado el transporte. Por ello, varios especialistas recorrieron las posibles comarcas donde la pizarra fuera material dominante. Para Segovia, la zona de Santa María se consideraba la más adecuada, para Madrid se había optado por el contorno de Torrelaguna, y para las obras de Toledo, la comarca de Yébenes sería la más indicada.

Los oficiales extranjeros vieron en las laderas pizarrosas de la ribera del Eresma el material óptimo para hacer las piezas de los tejados. Como en Madrid no se encontró una pizarra de igual calidad, las canteras de Bernardos comenzaron a suministrar material en otras obras reales de la villa y Corte, como el antiguo Alcázar o el cazadero de El Pardo, antes de la edificación del monasterio del Escorial, principal obra que se cubrió con la pizarra de Bernardos.

José Ubaldo Bernardos Sanz

Las fiestas de mi pueblo

En las fiestas de Bernardos
la alegría es lo primero,
la bebida lo segundo
y los toros lo tercero.

Días antes de la fiesta
ya comienzan los eventos.
Participa mucha gente
y todos están contentos.

Con las peñas, con deportes,
con la música y el juego,
vamos entrando en materia
para lo que viene luego.

El viernes con la velada
comienza el desmadre ya.
Sin embargo aún no hay trajes.
(Aunque ya pronto vendrán).

El sábado. Todo el día
las peñas están al rojo.
Por la tarde, los santeros.
Por la noche, baile y toros.

La juventud y otras hierbas
ya, ni se van a dormir.
Quieren estirar la noche
para ver el sol salir.

El encierro del domingo
aglutina a todo el pueblo:
viejos, jóvenes y niños.
Los de aquí y los forasteros.

Por la tarde, la corrida.
Donde las peñas animan
a unos toreros de turno
que pocas veces atinan.

La noche se hace muy larga
y algunos se han de marchar,
porque al día siguiente es lunes
y tienen que trabajar.

El lunes tras el encierro,
charanga de bar en bar.
Por la tarde, buena siesta.
Porque hay que recuperar.

Otros, en cambio, prefieren
marcharse a la procesión,
bailar la jota a la Virgen
y mostrar su devoción.

La noche vuelve a ser larga.
Los cuerpos van descansados.
Se han duchado, muda nueva,
afeitados y cenados.

Comienza el baile a las tantas.
Es igual, no nos quejamos.
Nos quedan horas de sobra,
incluso ‘pa’ emborracharnos.

El tercer día los cuerpos
ya no admiten más bebida.
Y sin embargo no para
el jolgorio y la movida.

Encierro por la mañana,
charlotada por la tarde.
Y en el baile resistimos
hasta que todo se acabe.

La gente se va marchando
a casa poquito a poco.
Van tristes porque mañana
no habrá charanga ni toros.

En el ‘día de la Abuela’,
los colegas y amiguetes,
en las peñas y en los bares,
cuentan ‘dimes’ y ‘diretes’.

Con la misa por la tarde
y, de noche, la velada;
ponemos punto final
a una semana tan larga.

Y la virgen del Castillo…
¿De todo esto qué nos dice?
‘Que hagamos lo que nos plazca’.
‘Que ella todo lo bendice’.

Con este santo permiso,
no nos asusta el desmadre.
Durante unos cuantos días
no conoces ni a tu padre.

Si te pasaste con algo
ella te lo ha perdonado.
Como solemos decir:
‘que nos quiten lo bailao’.

Así se acaban las fiestas
de este pueblo castellano.
Unos marchan, otros quedan,
y… a esperar otro verano.

Luis Arranz Boal. Agosto del 2006